Mi amigo


“Todos somos salvadores, verdugos y víctimas”
(Mi amigo)


Va y viene, como las olas, aportando siempre más claridad de la que recibe.

Encomienda el 65% de sí, que es agua, a las fuerzas gravitacionales y, mientras éstas lo traen y lo llevan en el océano, mi amigo arrulla al sólido 35% de sí para que no grite No.

Él es solo el transcurso de formas originadas por el soplo del viento; igual que el mar, igual que todos, pero él lo sabe y lo acepta, por eso valoro tanto nadar en su amistad.




Mi amiga



Su corazón es una autopista de muchos carriles.

Cada coche en el que le corresponde; cabemos cientos.

Y no hay salidas.



Ejercitarse (Del lat. exercitāre)


Don Abel no había llegado tarde al trabajo ni una sola vez en veinte años; pero aquella mañana, de no haber sido por un rayo de luz incidiéndole con gradual insistencia, podría haber sido el primero.
Al darse cuenta de que era jueves y no domingo, saltó del sueño a la alfombra y seguidamente completó en un cuarto de hora lo que normalmente le llevaba una, preparación del bocadillo para el almuerzo incluido.
Salió de casa segundos antes que su propia consciencia y la recuperó súbitamente en el semáforo, al ver su autobús en la parada de enfrente. Agitó su pañuelo blanco hacia Mariano como prisionero de guerra que implora vivir; aunque el conductor, al verle, tuvo que esperar a que la luz cambiara de verde a ámbar y de ámbar a rojo para que Don Abel se decidiera a cruzar.
“¡Don Abel, que el tiempo es oro!,” le recordó el conductor al subir. “¡Sobretodo hoy, Mariano! -Dijo Don Abel, pasándose un pañuelo por la frente con una mano, a la vez que mostraba el Abono transportes en la otra- ¡Hace un día espléndido!” continuó diciendo mientras se dirigía a trompicones hacia los asientos. La marcha del autobús recogía la luz que, a su paso entre los árboles, iluminaba intermitente los rostros de los pasajeros. “¡Como pega la primavera!” justificó Don Abel a su público en voz alta al abrir la ventanilla superior para no tener que quitarse la chaqueta. Al sentarse planchó con cuidado la solapa trasera para evitar arrugarla y colocó la bolsa del almuerzo sobre sus piernas. Cuatro horas y media de martirio hasta que pudiera comérselo.
A falta del periódico que no había tenido tiempo de comprar por primera vez en veinte años, se aventuró a observar la vida que pasaba de largo al otro lado de la ventanilla. La luz de mayo le descubrió la belleza de los árboles y se sintió orgulloso de vivir en su ciudad. Sin poder evitarlo, envidió a un caballero felizmente sentado en uno de los bancos del bulevar. “Es verdad, el tiempo es oro,” se repitió, y cayó en la cuenta de que trabajar los días soleados debería de estar mejor pagado que hacerlo en los días de lluvia.
Don Abel llevaba 20 años vendiendo su tiempo a la misma empresa a cambio de… ¿Cuánto oro tenía? Pues, teniendo en cuenta todo lo que había tenido que tragar, muy poco, la verdad... Había vendido su tiempo a precio de puta vieja... A cambio de no ver la luz del sol, había acumulado cuatro duros en la cuenta, un coche que solo se permitía mover los fines de semana y una serie de electrodomésticos que venían de fábrica con el final de su vida programado (lo cual predecía que dentro de poco le obligarían a invertir sus ahorros en reponerlos, a no ser que prescindiera de ellos). No, deshacerse de ellos era una locura, aquellos aparatos le habían liberado tiempo de trabajo en casa, y el tiempo es oro... esas horas libres se traducían en posibles paseos por el parque, reuniones con amigos, planear el presente para provocar un futuro mejor... Todas esas cosas que se podían hacer y ¡que no había hecho! porque había dedicado su tiempo libre a trabajar horas extra y a desconectar, agotado, frente a la televisión (desde donde le vendían más y más electrodomésticos, que le harían la vida más fácil) ¿La vida? ¿Pero qué vida? ¡Claro que no! -cayó en la cuenta- ¡El tiempo no es oro! ¡El tiempo es vida! Vida que si no se vive se va y no vuelve. Abel se aflojó la corbata y pulsó el botón rojo de parada.
Según se bajó del autobús se quitó la chaqueta, y haciendo un ejercicio de libertad, se sentó en un banco a disfrutar de la luz de mayo sobre su ciudad, de los distintos tonos verdes que provoca en las hojas de los árboles, de comerse el bocadillo antes de tiempo y de permitirse llegar tarde al trabajo por primera vez.


Aún no sé porqué



Lo peor que pude hacer al verme salir de casa en aquel estado fue seguirme. Me considero una persona con la cabeza sobre los hombros, por lo que salir a la calle habiendo cancelado mi presentación ante la Junta Directiva, tarareando la canción del verano, sin haber echado el polvazo del siglo la noche anterior, hizo que saltara mi señal de alarma.
Era lunes y llovía con rabia. A los pocos pasos, mis zapatos ya se habían calado y sentía mis pies como vísceras dentro de   tarros de laboratorio. Una ráfaga de viento accionó el castañeteo de mis dientes, así que aligeré el paso para resguardarme lo antes posible. No tenía la más mínima sospecha de dónde podía provenir aquel disparatado sentimiento de esperanza.
Mientras me dedicaba a saltar como sapo, de charco en charco, conjeturé que la reputación que me había ganado a pulso ya habría caído en picado. ¡Tanto esfuerzo para nada!, ¡Idiota! Necesitaba un café. Ofrecí mi reino, o lo que a aquellas alturas quedara de él, por un café.
Una vez en la estación, el calor de la cafetería me abrazó como un hogar, incompleto, respiré el ambiente vacío de algo. Gina, en lugar de recibir tras el mostrador, entre destellos de acero inoxidable, aquel lunes lo hizo en la penumbra, sentada en una de las mesas de los clientes, con un paño de cuadros en la mano derecha y la cabeza hundida sobre ambos, trapo y mano. ¡Menuda guarrada!, esta mujer no entiende de higiene, pensé. “¿Estás bien, Gina?” le pregunté (bueno, la parte naíf de mi lo hizo, esa que tararea cuando caen chuzos de punta, no yo). Por lo visto, la pavisosa de Gina parecía no tener intención de preparar ningún café y eso me fastidió, a mí (vamos, a la otra; a la parte eficiente de mí, digo). Pero Gina, esclafada como huevo crudo sobre silla y mesa, gimoteó “Alguien ha entrado por la noche y al encontrarse la caja sin dinero, ha roto la máquina del café. ¡Capullos!”.
Si estuviera dentro de Gina, reflexioné, le hubiese atado la lengua; esos “capullos” sonaron en su boca aún más esperpénticos de lo que seguramente fueran. Aun así, yo (bueno, ella, me refiero a la otra yo, a la más inocente y empática parte de mí) bien, pues esa, toda encantadora, pidió un té ¡Aun sabiendo que lo detesto! ¡Y que me saca de quicio la improvisación! ¡Si no hay café, no hay café. Punto. A Gina no se le iba a hundir el negocio porque aquel día no nos tomáramos nada, joder!, me grité muy hacia adentro. No podía ser que, de las dos, solo yo (me refiero a mí, a la única parte sensata dentro de mí) fuera capaz de reconocer que, un día más, el mundo conspiraba para amargarnos la existencia.
A través de la ventana vi llegar un tren al andén opuesto. “¡Mi tren!” me sorprendí diciendo. ¿Cómo que mi tren? ¡Tu tren te esperaba en la presentación que has cancelado y me temo que ya lo has perdido! Me aclaré. Pero al verme salir corriendo como tras mi última oportunidad, me seguí una vez más, no fuera a ser que me perdiera del todo.
¡Bien! Conseguí sitio en la ventanilla, junto a la calefacción. ¡Mal! Se sentó un chaval con cascos a mi lado. “Perdona ¿te importaría bajar un poquito la música?” gesticulé tocándole el brazo. “Sí, me importaría”. Contestó con tanta asertividad, que no me quedó otra que aguantar el maldito viaje con una música que chirriaba como arañazos en una pizarra ¡con la grima que siempre me han dado! Respiré profundamente y sonreí. Es de cajón que la sonriente no era yo, sino la otra, a mí lo que me apetecía era morder. Mi frustración iba creciendo por momentos. Mientras, la estúpida de mi otro yo permanecía positiva por a saber qué.  
Era la primera vez que cogía aquel tren. Frente a mí, una mujer trajeada, buceando en su portátil, me hizo recordar que para entonces ya habrían acordado frenar mi promoción. Era mi culpa,  claro, solo una perdedora es capaz de ponerse la zancadilla de una manera tan estúpida. Adiós a todo lo que soñé, y aún peor, adiós al respeto que yo misma había conseguido tenerme a pesar de las meteduras de pata de la boba con la que me había tocado cargar de por vida (esa estúpida con fe, la otra, la misma a la que cada día aguantaba menos) ¡Sí, tú! La que tararea la puta canción del verano como si en el mundo todo fuera sobre ruedas ¡No te hagas la tonta! lo más probable es que ¡nos hayas arruinado la vida! Deseé no haber hablado en voz alta y miré a la mujer de enfrente para comprobarlo; afortunadamente seguía sumergida en la hoja de cálculo. Sentí la cara a 50 grados y mi corazón a 170 pulsaciones, pero debido a algún oscuro motivo, a pesar de estar tan cabreada ¡mi otro yo no paró de mostrar satisfacción!
Al bajarme del tren, el viento descoyuntó el paraguas, no podía ser de otra manera, me deshice del revoltijo de antenas en la primera papelera que encontré. Andaba con tal determinación bajo la tromba de agua que me resultó difícil seguirme. Por cada paso que ella daba, yo tenía que dar tres. Mi otro yo caminaba con tal obstinación que le dejé guiarnos, al parecer tenía muy claro hacia donde demonios nos dirigíamos. “¿Pero a dónde me llevas?”, grité. Sin hacerme caso salió del camino asfaltado y escaló por entre árboles, maleza, condones y latas.
Andar por andar, sin saber a donde me encaminaba, era un sinsentido, pero hacerlo bajo la lluvia, calándome hasta las bragas y resbalando en el barro entre basura no merecía ni nombre. “¡Para ahora mismo, joder!” Paró (es decir, paré) vamos, que paramos. “Vale; ahora escúchame, no sé qué te traes entre manos, pero ¿te importaría dejar de ser tan cafre?” Llenó de aire hasta nuestro último bronquiolo y ¡comenzó a cantar la maldita canción!, ¡me ignoró! ¡continuó la marcha!
Si hubiera podido, la habría estrangulado allí mismo. Pero matarla significaba matarme, por lo que no era una opción “¡Eres odiosa, odio tu voz y te odio a ti, jamás te he aguantado, ignorante!” Paró, ahora sí; y con una horquilla forzó el candado oxidado que cerraba la cubierta metálica sobre el pozo al que habíamos llegado.
Sin dejarme tomar aliento y a ritmo de la maldita canción que berreaba, empezó a sacudir los brazos a latigazos, como poseída. Con cada aspaviento, noté como me resbalaba centímetro a centímetro de mi propio cuerpo. “¡Para, animal!, grité, ¡Me vas a arrancar de mí!” Decididamente, se había vuelto loca. Empecé a luchar contra la inercia, pero todos estos años en los que me había dedicado con esmero a acabar con sus debilidades, parecieron habérseme vuelto en contra. Lo que no mata te hace más fuerte y la tonta, aún viva, se había fortalecido. Intenté agarrarme al cerebro como solía, pero sin éxito, mis manos patinaron contra mi voluntad hasta llegar al corazón; me enganché a él pero ya no funcionó, latía con tal rotundidad, a un ritmo tan intenso, que en dos latidos más me desprendió por completo. Salí escurriéndome por debajo de las uñas, ahora las suyas. Había conseguido despojarme de mi propio cuerpo, dejarme desamparada,  como pulga sin perro. 
Lloré, bueno, lloramos, mi otra parte y yo, las dos lo hicimos. Acto seguido, me cogió como trapo empapado que fuera a tender y me dejó caer dentro del pozo. “¿Pero por qué?”, aún me lo sigo preguntando. 
    Nunca hasta ahora me había visto desde arriba, y me vi muy pequeña, tocando fondo por primera vez. Pedí su ayuda, nuestra ayuda; imploré su perdón, nuestro perdón. Silencio. Me miró durante un rato y juraría que fue compasión lo que sintió por mí y que, solo por eso, me tendió la mano. Igual sobre aclarar que a mí aquel gesto me pareció insultante. No pude con él. “¿Tú quien te has creído? ¿En serio piensas que eres superior a mí?" Grité. Ahora era ella la que puso cara de no entender nada. Y seguí, “¡No me mires así, hipócrita, tú eres la perdedora, la que siempre la caga, no yo. ¡Tú eres la inútil, que no se te olvide!”…
No recuerdo qué más dije. Lo que sí se me quedó grabado fue el cielo llorando a mares sobre nosotras, perfilando con su luz el contorno del que había sido mi cuerpo pero que ya no sentía, y el impacto metálico de la puerta al cerrarse sobre mí, dejándolo todo oscuro.

Error de cálculo


Pablo nunca pensó en la trascendencia de determinar el tamaño de un deseo, por lo que, sin darle importancia, se enfrascó en proyectar un sueño "a su medida". 


Tanto se lo ajustó que, al cumplirse, en su nuevo mundo no cupo nadie más que él, y apretado. 

Estar vivo

... ¿Qué haría el amor ahora?
Hazlo.

Un abrazo enorme,
Dios.

T...i...e...m...p...o

Pasas arrollador. 
Y yo siempre por detrás, enganchada a tu rastro. 

  - ¿qué prisa tienes?

Pero te escapas, te escurres con la luz dejándolo todo a medias; y otro día que te has ido. 

Y otra noche que apareces y me extingues, y me observas dormir cuando no te siento. 

  - No te tengo suficiente.

Y te vas. 
Pero vuelves. Y me marcho, pero vuelvo. Siempre así.

  - Yo te quiero aquí, siempre, infinito



Ana suele callar

Ana entra en Facebook y encuentra que su amigo, MaraDona, le ha enviado el siguiente mensaje:

-Últimamente estás muy revolucionaria, ¿Por qué realmente?

Ana se queda clavada a la pantalla. -¿Cómo que estoy “muy revolucionaria”? Ana sospecha que la pregunta de MaraDona, aunque solo sea por el hecho de esconderse tras un nombre falso, de inocente seguro que tiene poco.

-Llamarme “muy revolucionaria” por compartir cuatro fotos en Facebook suena a burla, ¡ya me gustaría a mí hacer algo para merecer el honor! Ana duda de si su amigo no estará intentando persuadirla para que deje de hacer hasta lo poquísimo que hace.
Pedro, el verdadero, el que hay detrás de MaraDona, lleva ya un tiempo dándole vueltas a lo mismo. Ana se acuerda de que en la última borrachera comentó que -lo malo de las revoluciones es que al final, entre todos los que tienen buenas intenciones, siempre acaba saliendo un listo para quedarse con todo, empezando por el poder y terminando por el alma del pueblo. Y acabó llorando, orgulloso de que “España hubiera sido capaz de concederse una democracia”, -aún joven e imperfecta…, especificó, -…pero Democracia, Ana, ¿te imaginas? Dicho esto, Pedro fijó sus ojos rojísimos en los de Ana esperando contagiarla con su entusiasmo. Ella, inmune, respondió: - Sí claro, no paro de imaginármela, Pedro; pero su amigo estaba demasiado borracho y exaltado como para entenderla.

Ana siente tanta ternura cada vez que ve a Pedro vulnerable que no quiso ser ella quien le diera la mala noticia de que a la “Democracia joven e imperfecta” a la que él se refería, muchos la llaman Dictadura económica, otros Cleptocracia.

Ana empieza a escribir un mensaje respuesta a su amigo sin planear qué decir, ni en qué tono:

- Pedro, esta democracia, joven e imperfecta, (por utilizar tus eufemismos) no representa los deseos ni los sentimientos de la colectividad de ciudadanos del mundo sino que, más bien, explota a la mayoría.

Instintivamente lo borra. Para evitar alejar a Pedro es mejor no meterse con su democracia; Ana prefiere creer que ambos desean lo mismo, solo que miran a la luna desde distintos planetas. Y empieza de nuevo:

- Pedro, amigo, a mí, como a ti, como a cualquiera, todo cambio me da miedo, de ahí que siga funcionando el refrán “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, y claro que tenemos que estar con los ojos bien abiertos ante los oportunistas. ¿“muy revolucionaria”? ¿en serio te parece que lo estoy mucho? ¿Estás intentando protegerme de los peligros que tú temes y que crees que yo no veo? ¿o intentas apaciguarme para que con mi actitud no contribuya a que resurja la temida dictadura? ¿Es eso lo que temes de verdad? ¿O temes perder otras cosas? Sé que me quieres, Pedro, y que quieres a los tuyos, pero vivir es arriesgarse, amigo. ¿Crees que no merece la pena correr el riesgo si en el intento pudiéramos evitar que dejaran de morir de hambre 27.000 niños al día?; si de esta manera consiguiéramos reformar la educación, encarrilándola hacia las verdaderas necesidades del ser humano, hacia la empatía y la colaboración, en lugar de incentivar la competitividad?

Ana se permite llorar, necesita claridad emocional para desengancharse. Busca el comunicado que la Asamblea general de Nueva York que se manifestó en Wall Street, compartió desde la televisión americana con el resto mundo; se lo vuelve a leer y continúa:

- … Amigo, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr el riesgo que temes si, con ello, fuera posible que llegara a dominar la igualdad por encima de la opresión; si con ello las corporaciones tuvieran que pedir permiso antes de extraer las riquezas de los pueblos, y del planeta; si con ello se dejara de permitir que se intoxiquen los alimentos que comemos y que obligamos a comer a nuestros hijos; si se prohibiera vender nuestra privacidad; si se dejara de invertir dinero en armas de destrucción masiva y se desviara a proyectos de investigación, educación, sanidad… a proyectos que de verdad mejoraran la calidad de vida de esta y las futuras generaciones; si se persiguieran el trato cruel tanto a personas como a animales; si se terminara con el colonialismo y sus guerras injustas? Pedro, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr ese riesgo?

¿Pero qué estoy haciendo? Se pregunta Ana al caer en un detalle que no había tenido en cuenta hasta ahora; está hablando de correr riesgos a su amigo Pedro, alto ejecutivo de una importante empresa de seguridad (!) Se siente tonta, y por segunda vez opta por borrar lo que ha escrito.

Consigue parar, replantearse la respuesta y volver a empezar:

- Pedro, que no nos líen, lo que estamos viviendo no es una revolución, se trata de la evolución natural: lo que pareció funcionar en el pasado es evidente que ya no, y es nuestra responsabilidad ejercer nuestro derecho a unirnos y colaborar para encontrar soluciones; seguir afianzando nuestro poder, porque, como estás viendo, lo tenemos, amigo; estamos descubriendo que tenemos un poder inmenso, el poder del Amor! Y para empezar, sirviéndonos de él como guía, podríamos revisitar, consolidar y asegurar que se respete la declaración de los derechos humanos…

Esta vez, Ana pulsa el botón de cancelar por pudor y sin darle más vueltas, envía la siguiente respuesta:

- Pedro, amigo, últimamente tú no lo estás, ¿por qué... y para qué, realmente? 

De vuelta a casa


Tan pronto como dejó de llover, bajé las ventanillas para inundarnos con olor a tierra fértil y a flores supervivientes; la esencia de la vida enganchándonos para continuar. Habíamos permanecido callados durante horas, con la música a todo volumen  amplificando el lenguage de la naturaleza, como en un poema épico. “¡Ya estamos de vuelta! Hogar, dulce y… amargo hogar! Murmuró John.

Cuando éramos pequeños confiábamos en aquellas praderas, nos pasábamos las tardes corriendo por ellas en todas las direcciones sin querer ir a ninguna. Pero una vez que desarrollamos la musculatura, nuestro horizonte se expandió y ambos, mi hermano y yo, volamos para experimentar el mundo. ¿Sentiría menos culpa si me hubiera quedado aquí, en casa, con mamá y papa, protegida bajo su amor? No, seguro que no. La muerte tiene la habilidad de hacer sentir culpable a quienes siguen viviendo.

Volver al cottage siempre fue regresar a la dulzura de los postres de mama, a sus milenarios consejos, a las bolsitas de lavanda entre la ropa, al calor de sus manos piel de harina. Pero aquella mañana papá nos recibió en mitad del jardín, como novio plantado en el altar, bajo una docena de cuervos graznando. Desde que la enterramos, mamá es ensordecedor espacio.

Al entrar en la casa vacía, fríos agujeros continuaron creciendo dentro de mí. Uno nuevo al sentir la desolación de las flores mustias en sus jarrones, otro al reconocer la inutilidad del bolso de mamá en el perchero, el siguiente al leer “¡Mandar el regalo a Hannah!” con su letra viva bajo el imán. No llegó a mandármelo; otro buen propósito que se quedó en el camino. A pesar del esfuerzo de cada detalle para no dejarla ir, la ausencia de mamá continuaba vaciándonos, inexorable.

Papá se pasó todo el día en silencio, podando y limpiando el jardín. Cuando terminó, trajo un gran ramo de flores recién cortadas, alguien tenía que hacerlo. Yo lavé los jarrones, y justo cuando coloqué el último sobre la mesa del comedor, el sol brilló; también nosotros lo hicimos, por primera vez.

La cocina se convirtió aún más en un lugar sagrado. Como papá no quiso que tocáramos nada, lo dejamos todo tal cual, con las huellas de mama aún frescas tras su paso por la vida. Fuimos a cenar al “White Lion”, nos sentíamos tan débiles que fácilmente podría habernos comido él a nosotros.

De regreso a casa, una vez que John encendió la chimenea y yo terminé de servir el té, papá trajo el libro que mamá había dejado sobre su mesilla y lo continuamos leyendo en voz alta. Pasamos toda la noche alternando una ronda de té con cuatro de alcohol; entre lágrimas, mocos, historias pasadas, una montaña de pañuelos arrugados y risas.

Cuando perdemos a alguien una parte de nosotros se va con ellos. En mi caso, mi madre se ha llevado con ella a la Hannah que solía protegerse de los malos entre sus brazos.  Nos pasa a todos, nos vamos con los que se van, convirtiéndonos cada vez en menos, aún llenos de ellos. La muerte va llenando nuestro cuerpo de frías oquedades. Pero continuamos, casi todos lo hacemos. Como mamá solía decir, “La vida es una prueba de Resistencia.”

Un cuento muy antiguo

Si no entrego un cuento mañana perderé mi trabajo. Soy de las pocas madres solteras que malviven publicando cuentos en una revista, y afortunadamente, porque la mayoría lo hacen desempeñando trabajos feos. Llevo varios días intentando, sin éxito, encontrar trama para mi próxima entrega. Tenía que haberlo enviado hace días pero no me he organizado bien, tener a Paula de vacaciones y malita no ha ayudado. Esta vez han sido inflexibles, acaban de encontrar a una joven dispuesta a publicar por la mitad de lo que yo cobro. “No tendrá un hijo, claro”.

No he pegado ojo. He dejado la cama aún a oscuras, con el corazón y el cerebro a mil por hora. Me he acordado de cuando mi bisabuela se ataba un pañuelo blanco a la cabeza “para que no se le fuera”, que decía la pobre.

He entornado la puerta del cuarto de Paula. Tenía la firme intención de escacharrar el reloj de pared que me regaló la sádica de mi tía y sentarme a escribir lo que fuera. Pero como vivo sola, soy supersticiosa y mi tía está muerta, al pasar por el reloj solo me he santiguado, para que no nos pase nada, nunca se sabe. “Qué rítmico”, he dicho bajito, para disimular, y me he sentado al ordenador.

Me he levantado unas cien veces. “Venga Amalia, persevera”, he pensado, y unas cien veces me he vuelto a sentar. Pero de las musas, ni su silencio. Necesito exprimir el tiempo antes de que Paula se levante y reclame toda mi atención.
Amalia siente el pulso de sus dedos sobre las teclas ASDFJKLÑ, bum bum, tic tac. Lista para lanzarse a escribir ante el menor síntoma de inspiración, pero esta no llega. Hoy, que la necesita más que nunca, no aparece, y Paula va a despertarse de un momento a otro.

Desde que fue madre su tiempo no es suyo, siente que Paula se lo vampiriza, que la requiere incluso más horas de las que tiene el día. “Qué burra soy, ¡como si ella tuviera culpa!”, piensa. Mira a la pantalla. Inspira hondo, expira poco a poco, inspira, expira, bum bum, tic tac. “Persevera, Amalia”. Al contacto inesperado de una manita sobre la espalda, Amalia pega un grito y la niña, del susto, rompe a llorar. “Perdona, cariño, es que no te he oído… ven con mamá, ¿te preparo el bibe?”. Si hoy le dijera que no, si al menos hoy le dijera que no quiere desayunar la dejaría en ayunas gustosa… “T-e-n-g-o-q-u-e-s-c-r-i-b-i-r”, pero Paula asiente. “¡Joder!”, piensa. La lleva en brazos hasta la cocina, la sienta sobre la encimera, mete el biberón con leche en el microondas y busca la papilla. Sabe que todo sería mucho más fácil si ella no existiera, le sería mucho más sencillo salir a adelante sola, “pero que no me la quiten, por Dios”.

Le vienen a la cabeza las decisiones que ha ido tomando en la vida para llegar a la situación en la que está, y “la puta candidata”. Mira a Paula y vuelve a pensar que si no hubiera tenido a su niña ahora podría permitirse cobrar menos. El timbre la sobresalta. Abre la puerta del micro y al coger el biberón este abrasa, como siempre. “¡Joder, joder, joder!, ¡lo que faltaba!”. A Amalia le enternece ver a Paula expectante, tan seria, con los mocos colgando. La limpia y, mientras pone el biberón bajo el grifo del agua fría, empieza a hacer monerías para que sonría: “¡Es que mami está tonta, tonta y tonta!”. Al ver las payasadas de su mamá, a Paula se le descuelga el chupete de la risa.

Las carcajadas de Paula suenan a borbotones de agua fresca, y gracias a su claridad, Amalia despierta y consigue relativizar. Al hacerlo, las cosas vuelven a colocarse en su sitio. Amalia se ve de nuevo, y como por arte de magia, empieza a contarle a Paula un cuento, su nuevo cuento: “La mamá que quería ser mamá y no sabía”. El cuento que ella aprendió de su madre, el cuento de toda mujer, un cuento muy antiguo.

No quiero decirte adiós

Para muchos las palabras son como símbolos, pero para mi marido y para mí, siempre actuaron como pasadizos por los que penetrar en nuestro inconsciente. Esta modalidad de personas nos adentramos en nuestros Universos a través de ellas, por accidente, como Alicia cayó en el país de las maravillas. Pero en la vida real, a diferencia del cuento, hay quienes se quedan allí y no vuelven.
Carlos y yo solíamos rescatarnos el uno al otro con cualquier excusa. Nos sacábamos de los libros a casa sirviendo comida caliente sobre la mesa, cantando alguna canción, dándonos un beso en el momento preciso... pero aquel día, por un descuido mío, Carlos no volvió. Se coló a través de alguna de las palabras de Huxley y no llegué a tiempo para recuperarlo. Me dejó su cuerpo vacío, cómodamente sentado en el sillón de orejas. Estábamos unidos de verdad, eso nunca nos dio miedo, por eso, al precipitarse, me descuajó de más de la mitad de la que yo era y se la llevó con él. Casi no me reconozco. Desde entonces, mis restos le escriben.